Este fin de semana en Estados Unidos ha quedado una vez más demostrado que en política económica, acaso como en la vida misma, solo hay una ley inmutable: al final siempre terminan pagando justos por pecadores.
La administración Bush ha hecho oficial el sábado su gigantesco paquete de rescate financiero de 700 mil millones de dólares, una cifra que equivale a cien veces el valor de toda la economía paraguaya, la mayor operación de este tipo en tiempos modernos, que rivaliza en costos con la guerra en Irak, para “restaurar la confianza de los mercados”, léase: trasladar a todos los contribuyentes las pérdidas de grandes corporaciones financieras que no han hecho bien su trabajo de evaluar los riesgos al invertir el dinero de sus clientes.
Informa el New York Times que la propuesta tiene solo tres páginas y asombra por su simplicidad.
Se autoriza a elevar el techo de la deuda pública estadounidense a ¡11,3 billones de dólares! (perdón, pero ya no se me ocurre nada para comparar semejante monto) y se le otorgan un poder y una discrecionalidad sin precedentes a la Reserva Federal y al Departamento del Tesoro durante dos años para “comprar y revender” carteras de préstamos, con la sola obligación de informar semestralmente al Congreso.
“Este es un gran paquete, porque estamos ante un gran problema... Les diré a nuestros ciudadanos y les continuaré recordando que el riesgo de no hacer nada sobrepasa ampliamente el riesgo del salvataje, y que, con el tiempo, vamos a recuperar mucho del dinero”, dijo el presidente George Bush al anunciar la medida, en una conferencia de prensa en la Casa Blanca.
Por supuesto, entre “el riesgo de no hacer nada” se incluye el de perder las elecciones, previstas para dentro de menos de dos meses, aunque lo mismo hay que decir de los demócratas, que ya han adelantado su apoyo al paquete en el Congreso, con idénticos motivos.
Tampoco han tenido reparos en enterrar sus dogmas del mercado dos de los principales protagonistas de esta historia. Ben S. Bernanke, presidente de la Reserva Federal, un destacado académico, estudioso de la Gran Depresión, y Henry M. Paulson, secretario del Tesoro, un inclemente banquero de Wall Street, fueron rápidos en ponerse de acuerdo y olvidarse de la “mano invisible” de Adam Smith. Una cosa son las teorías, otra las acciones en tiempos de crisis, sobre todo en época electoral.
Durante una entrevista que tuve la oportunidad de hacerle a Jo Stiglitz en julio pasado, el premio Nobel criticaba los que entonces todavía eran planes del gobierno de adquirir Fannie Mae y Freddie Mac, dos comparativamente pequeños bancos hipotecarios. ¿Qué dirá ahora, dos meses después, cuando el Estado Federal ha comprado la gigante aseguradora American International Group para salvarla de la quiebra y se dispone a hacerse cargo con dinero público de la mayor parte de los préstamos fallidos del sistema?
La lógica siempre es la misma, en nada diferente a la que primó en el Paraguay durante las sucesivas crisis financieras de hace algunos años. Con el pretexto de que el sistema financiero es el “aparato circulatorio” de la economía, y que la pérdida de confianza en el mismo afecta la cadena de pagos y todo el resto de organismo, la consigna es salvarlo a cualquier precio.
Lo que ocurre en realidad es que el sector de los banqueros y los ahorristas, aunque no muy numeroso, es sumamente poderoso e influyente políticamente. Debido a ello, le es posible hacerse resarcir de sus pérdidas por el conjunto de la sociedad. Los ciudadanos comunes, a muchos de los cuales no les alcanza para ahorrar y jamás han tenido una cuenta bancaria, pagan los platos rotos sin protestar, porque la alícuota del costo que le toca a cada uno es relativamente pequeña, por lo cual no tienen incentivos para organizarse y defender sus derechos.
Es por ello que en un país pobre como el Paraguay, por ejemplo, donde no hay remedios en los hospitales, donde falta todo tipo de infraestructura, donde hay tantas necesidades que es difícil enumerarlas, se gastan cientos de millones de dólares en pagar las cuentas de los banqueros con sus ahorristas, se recupera una parte ínfima, y a nadie parece importarle. |