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Pese a la crisis, estructura de la producción mundial seguirá igual
Si bien la coyuntura nos presenta una nueva crisis de escala mundial, cuya profundidad aún se desconoce -pero que ya tiene efectos sobre los créditos y las tasas de interés- y que puede tener seria repercusión en el sistema financiero internacional, las características de la actual estructura productiva mundial seguirá igual. Mientras las economías de China e India crecen a casi dos dígitos, la demanda por energías, materias primas minerales y agrícolas seguirá alta, al igual que sus precios, consecuentemente la potencialidad del crecimiento de las reservas de los países productores se mantiene.
Al mantener la cotización del dólar, para beneficio de la soja y la carne, se está restando potencialidad de sumar más productos para la exportación, en especial manufacturas y productos no tradicionales.
Con el panorama descrito en la primera parte de este artículo, es difícil justificar que nuestros países deban seguir dependiendo de organismos internacionales para financiar sus inversiones, en condiciones poco favorables para sus economías y su población. Tampoco se explica que depositen o adquieran bonos de rendimientos mucho menores que los intereses que deben pagar por sus deudas externas a los organismos financieros multilaterales. Como también resulta difícil fundamentar la falta de políticas que incrementen inversiones y gastos sociales, que tiendan a disminuir las deudas sociales que tienen con sus poblaciones, empobrecidas, marginadas y desocupadas.
Tampoco es fácil explicar por qué los países en desarrollo deben aumentar sus reservas comprando divisas en sus mercados para evitar que estos pierdan valor, en especial el dólar. La compra del dólar en el mercado interno se intenta explicar por la probabilidad que tiene de generar una caída de la producción, las exportaciones y la disminución de utilidades de los exportadores.
Lo que se ve como un peligro puede estar conteniendo la posibilidad de potenciar nuestra economía, crecimiento de productos industriales exportables y la sustitución de algunos importados. Al mantener la cotización del dólar, para beneficio de la soja y la carne, se está restando potencialidad de sumar más productos para la exportación, en especial manufacturas y productos no tradicionales.
La intervención de los bancos centrales en el mercado cambiario, si bien aumenta la reserva lo hace a un costo fuera de toda racionalidad económica. Al comprar los excedentes de dólares en el mercado, lo hace incrementando la emisión de moneda nacional que nuevamente debe ser retirado del mercado. Resultado, reduce la cartera de préstamo e inicia un endeudamiento interno, por la colocación de Bonos o Letras, con los bancos privados de plazas, en su mayoría bancos extranjeros.
El costo de retirar dólares de mercado pagando una tasa muy superior a la tasa de colocación de esta reserva en el mercado internacional se ha constituido en el principal costo de la política monetaria. La tasa promedio de colocación de la Letra de Regulación Monetaria es superior a las tasas de interés que genera la colocación de la Reserva Internacional. A esto debemos sumar la pérdida que de por sí genera la tenencia de reserva en moneda que pierde su valor permanentemente. Los objetivos explicitados son: minimizar la inflación, aumentar la exportación y estabilizar el tipo de cambio. Variables cuyos comportamientos ameritan otras causas.
Los hechos señalados nos presentan la necesidad de repensar las políticas monetarias, cambiarias y crediticias, en nuestro país. Tratar de aprovechar esta coyuntura en que nuestros países tienen una situación favorable, tanto por los buenos precios de las materias primas como por los favorables términos de intercambio.
Aquellos objetivos no justifican la continuidad de la actual política monetaria, porque un dólar de menor valor tendría impacto antiinflacionario en nuestra economía y proveería insumos y materias primas a las industrias que producen para el mercado local y las exportaciones. Industrias que requieren más protección, por su efecto multiplicador, que las de soja y carne -que son economías de enclave- de alta cotización y rentabilidad, cuyas exportaciones son las que presionan la baja del dólar.
Lo anterior amerita analizar la continuidad y vigencia de las políticas monetarias ortodoxas, políticas monetarias que fueron adoptadas para otra situación y coyuntura económica nacional e internacional. Por ejemplo un nuevo rol de la reserva internacional, las opciones pueden ser varias pero podemos remitirnos a: inversiones locales en bienes de capital, infraestructura y “gastos” sociales corrientes. Implementar una política monetaria con una “flotación más limpia”. Utilización productiva de las remesas, en la creación y ampliación de microemprendimientos, etc.
La vigencia de un Tipo de Cambio Fluctuante no amerita una Reserva Monetaria muy grande, como la actual. Menos aún la de fijar el Tipo de Cambio por presión de los sectores que mejores precios y rentabilidad tienen en el mercado internacional. Los altos precios de los comodities, la soja y la carne no justifican que el Banco Central salga a sostener el valor del dólar en el mercado local, cuando la tendencia mundial es la sistemática caída de su cotización. El costo de esta política se traslada innecesariamente a los consumidores y encarece el costo de las materias primas industriales importadas, afectando negativamente la ocupación y presionando una mayor inflación.
La necesidad de inversiones que presenta nuestra economía no justifica que se pague en forma adelantada la deuda externa, ni la utilización de la reserva como garantía de nuevas deudas. Al contrario, habría que plantear su renegociación en términos más accesibles. Por ejemplo pro- mover la negociación de deuda por naturales, por producción de energía limpia -que generan las hidroeléctricas-, cambio de la deuda por inversión destinada a la disminución de la pobreza, la educación y la salud.
Podría plantearse -para un país con un limitado mercado externo- la ampliación del rubro de productos exportables. Es decir ver la posibilidad de convertir parte de nuestra incrementada reserva internacional en fuente de financiamiento de inversiones para producto de exportación no tradicional y en gastos corrientes en “inversiones en capital social” en educación, salud, vivienda, reforma agraria, etc.
De igual manera las prácticas monetarias, que por el aumento del flujo de dólares a nuestro país, generan una emisión monetaria creciente y de alto costo. Se considera que restan recursos a la economía, aumentan las tasas de interés, crean un ambiente recesivo y sólo benefician a las inversiones extranjeras, muchas de ellas especulativas. Quizás deberíamos tener más presentes a los inversionistas nacionales y los productores locales.
Mantener esta política puede estar encubriendo una discriminación ideológica y oportunidades al capital nacional y hacia el papel que debe cumplir el Estado en una economía en la que aumentan la pobreza y la marginalidad.
Existen suficientes razones para buscar nuevos caminos, políticas y oportunidades para nuestra economía, ninguna obligación de aceptar y menos de seguir implementando sugerencias que viniendo de afuera no contemplan nuestros intereses. Se agradecen las sugerencias y se estudian sus posibilidades. Somos una nación, lo que supone que podemos tomar soberanamente nuestras decisiones.
(*) Economista |